martes, 21 de enero de 2020

INÉS DE CASTRO EN LA LITERATURA

Los amores de Doña Inés de Castro y del infante Don Pedro de Portugal constituyen un acontecimiento realmente ocurrido en la historia portuguesa de mediados del siglo XIV. Aunque de sobras conocido, recordaremos brevemente su desenlace trágico: por razones tanto dinásticas como políticas, el rey Don Alfonso de Portugal, persuadido por tres ministros consejeros, durante una ausencia de Pedro, sentencia la muerte de su concubina, Inés de Castro, que es degollada en Coímbra el 7 de enero de 1355. No bien el infante sube al trono, en 1357, lleva a cabo un programa de venganza y de apoteosis de la amada muerta. Mata ante todo a los ministros consejeros y declara haberse casado, 7 años antes, con Inés (para que esta sea reconocida como reina); después, manda construir un monumento fúnebre más digno en el Monasterio de Alcobaça y cuando está listo, en 1362, exhuma el cadáver de Inés, enterrado hasta entonces en Coímbra, y con gran aparato lo hace trasladar para Alcobaça, donde lo coloca en el sarcófago sobre el que descansa una estatua yacente que tiene en la cabeza una corona real. A estos hechos históricos, transmitidos por los cronistas y documentados por el sepulcro de Alcobaça, muchos elementos legendarios se han ido añadiendo a lo largo de los siglos, unos formados por transmisión oral y recogidos por varios textos literarios, otros forjados por literatos que escribieron sobre Inés y luego pasados al patrimonio de la tradición oral (*).

Uno de esos textos literarios es el drama barroco Reinar después de morir, de Luis Vélez de Guevara (autor más conocido por su novela El diablo cojuelo).

Otra recreación literaria de este asunto la encontramos en el Romance del palmero:

Yo me partiera de Francia,                         
fuérame a Valladolid.                   
Encontré con un palmero,         
romero atán gentil.                       
«Ay, dígasme tú, el palmero,    
romero atán gentil,                       
nuevas de mi enamorada,                         
si me las sabrás decir».                
Respondiome con nobleza,                      
él me fabló y dixo así:
«¿Dónde vas, el escudero,                        
triste, cuitado de ti?                     
Muerta es tu enamorada,                         
muerta es, que yo la vi.                
Ataúd lleva de oro         
y las andas de un marfil.                             
La mortaja que llevaba                
es de un paño de París.                              
Las antorchas que le llevan,                      
triste, yo las encendí.
Yo estuve a la muerte della,                     
triste, cuitado de mí.                    
De ti lleva mayor pena                 
que de la muerte de sí».                            
De qu'esto oí yo, cuitado,          
a caballo iba y caí.                          
Una visión espantable                 
delante mis ojos vi.                       
Hablome por conhortarme,                         
hablome y dijo así:        
—«No temas, el escudero,                          
no hayas miedo de mí.
Yo soy la tu enamorada,                             
la que penaba por ti.                    
Ojos con que te miraba,
vida, no los traigo aquí.
Brazos con que te abrazaba                      
so la tierra los metí».                    
—«Muéstresme tu sepultura                     
y enterrarme he yo con ti».      
—«Viváis vos, el caballero,                           
viváis vos, pues yo morí.                            
De los algos deste mundo                         
fagáis algún bien por mí.                            
Tomad luego otra amiga             
y no me olvidéis a mí,                  
que no podéis hacer vida,                         
señor, sin estar así».

También Lope de Vega dedicó uno de sus sonetos al arrojado amor de Don Pedro de Portugal por Doña Inés de Castro:

Con pálido color, ardiendo en ira,
en los brazos de Avero y de Alencastro,
de la difunta doña Inés de Castro
el bravo portugués el rostro mira.

Tierno se allega, airado se retira,
(trágico fin de amor, infeliz astro)
y abrazado a su imagen de alabastro,
con este llanto y voz habla y suspira:

—Si ves el alma, Nise, de mis ojos
desde el cielo, en que pisas palma y cedro,
más que en este laurel y fe constante,

verás que soy, honrando tus despojos,
portugués en amor, en rigor Pedro,
rey en poder, y en la venganza amante.


(*) Fragmento del artículo El fantasma de Inés de Castro entre leyenda y literatura (Patrizia Botta, Universidad de Roma). Puedes leerlo completo clicando aquí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario