lunes, 11 de marzo de 2019

Recuerdos de mi infancia

RECUERDOS DE MI INFANCIA

Hoy me encuentro tranquilamente sentada en mi jardín, arrullada por el trino de los pájaros y el ladrido lejano de algún perro que me acompañan. Me dejo llevar por mis recuerdos a la época de mi primera etapa de estudiante.

“OS LO VOY A CONTAR”

Tendría como diez u once años, cuando a mi padre le cambiaron de trabajo a otra ciudad. Ocurrió en el verano, por lo que al llegar a su destino lo primero que hicieron mis padres fue informarse de los colegios que había para matricularme. Encontraron uno que les gustó y así hicieron.

Mientras tanto yo trababa amistad con los vecinos y casualmente algunos niños iban al mismo colegio que habían elegido mis padres. Al enterarse comenzaron a ponerme al corriente de todo lo referente a ese colegio y sobre todo a hablarme de los profesores (entonces teníamos solo un profesor o profesora que nos enseñaba todas las asignaturas, es decir que cada clase tenía su docente y pasábamos años con él.

-¡Como te toque Doña Pepita está lista! ¡Menudo hueso es! ¡En su clase no se puede ni respirar!

¡Reza para que vayas a otra clase! Me decían. Me dejaron asustada con esa posibilidad pero pronto lo olvidé y continué disfrutando del verano.

Cuando llegó el comienzo del curso. ¡Efectivamente tuve la SUERTE de que me tocó estar en la clase de la Pepita! Enseguida comprobé que lo que me habían dicho no era mentira. En su clase imponía mucha disciplina. No podíamos hacer “un ruido”, teníamos que estar siempre atentos. Rápidamente nos llamaba al orden. Nos pedía tener siempre los cuadernos limpios y ordenados. Todo lo que me habían dicho se cumplía, pero no nos dábamos cuenta de que gracias a todo ello eramos la clase mas adelantada.

Recuerdo que cuando terminaba de explicarnos algo, siempre nos decía que le hiciéramos preguntas, pero eso sí, que pensáramos bien cómo hacerlas, que las formuláramos bien. Después se extendía todo lo necesario para explicárnoslo hasta que comprobaba que nos habíamos enterado todos. Nos ponía ejemplos con situaciones diarias y así la entendíamos muy bien. Tenía muchas frases y las repetía a menudo. Una era:

—¡Tenéis que tener la cabeza bien ordenada, igual que tenéis vuestros cuadernos y carteras, de esa forma comprenderéis todo mejor! 

Otra era: 

—¡Vuestras mentes son como un huerto, no es suficiente con tener buena tierra, hay que limpiarlo de malas hierbas, ararlo, abonarlo, regarlo, y después plantar buenas semillas. Solo así conseguiréis buena cosecha!

Plantó muchas y buenas semillas en nuestras mentes hasta que se marchó. Lo sentí mucho, aprendía muchísimo con ella y me gustaba su disciplina. Me enseñó a ser exigente conmigo misma, a ser perseverante, a querer hacer bien las cosas y despertó en mí unas gana enormes de aprender, que antes no tenía.

Vino a sustituirla otra profesora mas joven. Se llamaba doña Rosario, y venía con otro método de enseñanza. En sus clases todo eran risas, conversaciones, cambios de sitio... Nos hacía trabajar en grupos o en parejas. Cada día nos sorprendía con algo diferente. Nunca sabíamos qué nos iba a enseñar ni cómo.

Cuando hacíamos alguna pregunta, no nos la respondía, nos decía que la buscáramos nosotros, que investigáramos. Ella no estaba de acuerdo en aprender las cosas de memoria de los libros. Nos hacía discutir los temas entre nosotros y que cada uno expusiera su opinión. Era otra forma de enseñar que a todos nos chocó mucho. Nos hablaba de sentimientos y de valores, temas a los que no estábamos acostumbrados a prestar atención. Nos hacía mirar en nuestro interior y sacar a flote nuestras emociones.

También con ella aprendimos mucho. Éramos la envidia del colegio. Habíamos tenido la suerte de tener dos profesoras buenísimas. Fueron dos maneras distintas de enseñar. Dos personalidades diferentes. Las dos me dejaron huella. Me hubiera gustado habérselo dicho, pero entonces yo no era consciente de su influencia. Con el paso del tiempo me he dado cuenta de la importancia que tienen, para bien o para mal, los profesores en nuestra vida. Personalmente he tenido la suerte de haber conocido a buenos, ya que no guardo malos recueros de ninguno.

Ahora al cabo de tantos años, me gustaría saber cómo les fue a estas dos profesoras en la vida.

Me pongo a pensar en que si volvieran a nacer, doña Pepita sería otra vez maestra, pues la gustaba enseñar, y a pesar de sus exigencias era cariñosa y simpática. Doña Rosario, seguro que sería psicóloga y de las buenas. Le gustaba mucho ayudar a todo el mundo, se preocupaba por todos nosotros y por nuestro futuro.

Aunque ellas no puedan saberlo, nunca las olvidaré.

Mi homenaje y agradecimiento a todas y todos los profesores que han pasado por mi vida y a los que están ahora en ella. 

Mercedes Gozálvez

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