jueves, 19 de enero de 2017

La novata

Recuerdo que siendo muy niña mi padre acostumbraba a leernos historias, a mis hermanas y a mí, cuando nos íbamos a la cama.

Aquellas historias, que escuchaba contar a mi padre, con aquella voz que daba efecto a la trama de la historia, acurrucadita en mi cama, me transportaban a lugares insólitos cada noche.

Yo era la que viajaba en aquel submarino, la que surcaba los mares enfrentándome a monstruos marinos y con mi arpón cazaba a la ballena asesina, la misma que abrazaba a sus hijos al volver de la guerra, el jefe indio que fumaba la pipa de la paz con el de la casaca azul, y siempre la que al final lloraba y mucho.

Cada noche esperaba impaciente la hora de irme a la cama, cada noche un capítulo, cada noche una emoción, un encuentro, un sobresalto. Un cúmulo de impaciencia por llegar al final de la historia y a la vez un no querer que se acabase nunca.

Aquello no duró mucho, nosotras ya dormíamos cuando mi padre llegaba a casa.

Ya no tenía historia por las noches, así pues me la tenía que inventar. Mi imaginación bullía, no descansaba, alguna vez he llegado a pensar que tenía un problema de déficit de atención, siempre estaba en las nubes pensando e imaginando cosas que me transportaban fuera de la realidad en la que vivía.

En mi adolescencia ya empecé a escribir cositas cortas, pequeños poemas, ya sabéis del tipo de cuando empiezas a tontear con los chicos, también lo intentaba con mi madre, con un paisaje, en fin, tonterías varias, al menos eso pensaba yo y casi siempre todo acababa en la basura hecho mil pedazos.

Cuando fui madre me gustaba mucho contar historias, que inventaba, a mi hija, eran historias cortas, divertidas, adaptadas a su edad y que ella disfrutaba de lo lindo.

Siempre he tenido la necesidad de escribir de transmitir lo que siento, algo que está dentro de mí, y que me dice tienes que compartirlo, pero encontrar las palabras justas y plasmarlas en un folio no es tarea fácil.

Siento verdadera pasión por las personas que tienen la capacidad y el ingenio de expresar con palabras todos sus sentimientos y que llegan a crear historias capaces de atrapar a los lectores y transportarlos a otras realidades.

Yo quisiera ser como ellos, aunque mi creatividad deja mucho que desear, si bien lo intento.

Por ahora me conformo con reflejar y plasmar mis emociones más íntimas y convertirlas en palabras, en algo claro. Para algunos no significaran nada, a otros, quizá, les hará reflexionar.

Dicen que los escritores escriben para ser leídos, para llegar a emocionar al lector, yo escribo para que tú me leas y para compartir contigo mis inquietudes, al menos esa es la idea.

Paloma S.

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