martes, 24 de octubre de 2017

Desde mi atalaya: reflexiones otoñales

Desde siempre me ha parecido la estación más sorprendente del año. Visto desde mi atalaya conquense, el otoño es la placidez de la edad madura. Es tiempo de recoger los últimos frutos del huerto, junto a las nueces y los membrillos. También de los silvestres: los higos, las bellotas, las endrinas, etc. Tiempo también de sembrar. Oler a tierra y a lluvia de simienza. Disfrutar de la armonía serena de la tarde. Oír el ruido de los aperos de labranza y esperar aquello de que en los Santos, nieve en los altos.

Es tiempo también de añorar aquellos gritos desesperados del gorrino en la mesa de matanza, así como las voces de los cazadores persiguiendo la liebre o banda de perdices. Contemplar el espectáculo de ver como los chopos se visten de oro y luego los desnuda el viento. Pasear sin más ruido que el que produce la hojarasca del carrascal y sin más compañía que la cesta para depositar en ella las setas que luego irán a la sartén de gachas.

Desde hace ya unos cuantos años el otoño en los pueblos hace que casi todo se vista de soledad, y ésta suele ir unida a la tristeza. Se fueron los veraneantes y los que quedan son cada vez más viejos y menos. Lo único que aumenta de un otoño a otro, son los vecinos del cementerio. Cementerio al que con pocos ánimos, llevan sus flores por los Santos esos pocos vecinos que van quedando.

David

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