miércoles, 6 de mayo de 2020

La flor septuagenaria


María Isabel Granda y Larco (1920-1983), conocida mundialmente como Chabuca Granda, fue una cantautora peruana de valses criollos y ritmos afroperuanos. Entre sus composiciones más conocidas figuran La flor de la canela y Fina estampa.

La Flor de la Canela es su canción más famosa, y lanzó a la autora al estrellato cuando el conjunto “Los Chamas” la estrenó con éxito en 1954. Un año antes otro trío, “Los Morochucos”, realizó una primera grabación que no funcionó tan bien. Sin embargo, es sabido que la letra de La Flor de la Canela la completó Chabuca aún antes: el 7 de enero de 1950. Y la cantó por primera vez el 21 de julio de ese mismo año, en una reunión para celebrar el cumpleaños de su vieja amiga Dª Victoria Angulo, que fue quien la inspiró para componerla. Por eso en 2020 conmemoramos el septuagésimo aniversario de la canción, además del centenario del nacimiento de la cantautora.

Como cuentan los testigos de aquella noche de enero de hace setenta años, entre ellos el músico Óscar Avilés, la Primera Guitarra del Perú, Chabuca Granda había acudido a la fiesta de cumpleaños de D. José Moreno Alarcón. Entre guitarras y cajones, en versión de Avilés, Chabuca escuchó un estilo de cantar muy expresivo en algunos de los presentes, una manera especial de alzar la voz a mitad de una canción, que Avilés consideraba propia de los músicos del distrito de La Victoria. El clímax de emoción inspiró a Chabuca de tal forma que, en un momento dado, se puso a cantar, en el tono alto que descubría, la parte que le faltaba: “Déjame que te cuente, limeño, ¡ay!, deja que te diga, Moreno, mi pensamiento. A ver si así despiertas del sueño, del sueño que entretiene, Moreno, tu sentimiento”. Todo un halago para el Sr. Moreno. Esa madrugada, Chabuca culminó su canción y así lo dejó apuntado en su diario. Tal vez, pues, el vocativo “moreno” de la letra, tenga su origen en el apellido del homenajeado aquel día, pero acabó diluyéndose en un interlocutor genérico, que podría ser cualquier limeño de piel morena, ya fuese negro o mestizo.

Además del hecho anterior, se pueden rastrear en la canción huellas de diversos elementos que pudieron influir en la autora para su composición final: el mismo título La Flor de la Canela es una locución nominal usada para encarecer lo muy excelente o valioso, y ya se había utilizado en alguna marinera del cancionero criollo. También influyeron las conferencias y reuniones amistosas en las que el historiador Don Raúl Porras Barrenechea defendía la conservación en Lima de "el puente, el río y la alameda" (Chabuca estuvo presente en esas charlas o tuvo conocimiento de ellas). Y, desde luego, el mayor motivo inspirador fue la imagen de Doña Victoria Angulo, su vieja amiga de alcurnia negra, caminando con garbo y señorío desde el Puente de Palo a la Alameda. Chabuca la admiraba, y le dedicó la canción usando la locución como sobrenombre para ella. El Puente de Palo mencionado en la canción (situado frente a la casa de Victoria Angulo) es ahora el Puente Santa Rosa, que está al final de la Avenida Tacna de Lima.

La Flor de la Canela recorrió América, llegó a Europa y pasó a ser conocida mundialmente. Cuando regresó a Perú desde otros confines, revalidó su éxito y se convirtió en uno de los orgullos del acervo popular peruano. La Flor de la Canela incluso ha sido traducida a varios idiomas, como el sueco o el japonés. Sin duda, la gran difusora de esta canción en nuestro país (y también fuera de nuestras fronteras) fue la inolvidable María Dolores Pradera (1924-2018), con sus sobrias –a la par que elegantísimas– interpretaciones del tema, como las de Fina estampa, el otro gran éxito de Chabuca Granda.

Como señaló la periodista Fietta Jarque, Chabuca Granda fue el eslabón entre dos épocas, entre dos sociedades que se daban la espalda, entre dos formas de amar a su pueblo. Ella, rubia, hija de una antigua familia burguesa, superó la barrera cultural entre la música negra y la criolla, y las aunó, colocándolas en la modernidad. La Flor de la Canela habla de una hermosa mujer negra –de piel canela–, amiga desde su infancia, a la que Chabuca evoca caminando altiva por el paisaje de la hermosa ciudad colonial. Aquella Lima de calles empedradas y puentes centenarios fue desapareciendo, pero, de algún modo, para F. Jarque la canción sugeriría un utópico proyecto de restauración de la ciudad. Todos creen en lo que ella imaginó. A todos les gustaría ver a La Flor de la Canela caminando de nuevo del puente a la alameda.

Madrid fue la primera ciudad del mundo en poner a una plaza el nombre “Chabuca Granda”. Se encuentra precisamente en Hortaleza, nuestro distrito (la estación de metro más cercana a esta plaza es San Lorenzo). Se inauguró en 1994 y la ocasión fue celebrada con un concierto de María Dolores Pradera, Nati Mistral y Betty Missiego en el Auditorio Nacional. El lugar, probablemente, no es muy conocido por la mayoría de los peruanos que residen en la capital española.

El escritor colombiano Darío Jaramillo, en su amplia antología de la Poesía en la canción popular latinoamericana (Pre-Textos, 2008), hablaba de la existencia de una “poesía para ver” y una “poesía para oír”, para, acto seguido, preguntarse si existe “poesía para ver” en la “poesía para oír”, es decir, si existe en la canción latinoamericana (y yo lo extendería a la canción en general, de cualquier pueblo o cultura) la belleza expresiva propia de la poesía escrita. Su conclusión es que la frontera entre la poesía para ver y la canción no está trazada por la calidad de un lado y la simpleza del otro, pues tanto en una como en otra puede haber luces y sombras, aciertos y carencias. Y, desde luego, en ambos universos es posible hallar el destello, el verso deslumbrante, la aguja entre el pajar.

Además de los poemas que el canon literario ensalza, hay letras de canciones populares que son buena literatura y que, además de ese valor digerible para minorías académicas que tienen el peligroso poder de contribuir a la creación de cánones, poseen otros méritos adicionales y, acaso, mucho más importantes: su enorme difusión (radio, TV, cine…) y buena acogida por la sociedad, que se identifica con los sentimientos expresados en esas canciones; y la capacidad que tienen de acabar regresando a los poetas convencionales, los cuales incorporan elementos de ellas a su obra o las recrean.

Ni que decir tiene que La Flor de la Canela forma parte de la mencionada antología de Jaramillo, la cual, si bien es extensa como antes he indicado, no puede abarcar en ningún caso todas las canciones de Latinoamérica (Brasil incluido) que merecerían a buen seguro figurar en ella.

                                                                                                                                O. Sobral

(Fuentes: aparte de los autores ya mencionados, diversos sitios web, blogs y medios digitales, entre los que destaca el diario peruano El Comercio, así como los textos originales de José Félix García Alva, Pepe Ladd y Jorge Berrios R.)


La Flor de la Canela

(Chabuca Granda)

Déjame que te cuente, limeño.
Déjame que te diga la gloria
del ensueño que evoca la memoria,
del viejo puente, del río y la Alameda.

Déjame que te cuente, limeño,
ahora que aún perfuma el recuerdo,
ahora que aún se mece en un sueño
el viejo puente, el río y la Alameda.

Jazmines en el pelo y rosas en la cara,
airosa caminaba la Flor de la Canela;
derramaba lisura y a su paso dejaba
aromas de mixtura que en el pecho llevaba.
Del puente a la Alameda menudo pie la lleva
por la vereda que se estremece
al ritmo de su cadera.
Recogía la risa de la brisa del río
y al viento la lanzaba, del Puente a la Alameda.

Déjame que te cuente, limeño.
¡Ay! Deja que te diga,
moreno, mi pensamiento.
A ver si así despiertas del sueño,
del sueño que entretiene,
moreno, tu sentimiento.
Aspira de la lisura
que da la flor de canela.
Adórnala con jazmines,
matizando su hermosura.
Alfombra de nuevo el puente
y engalana la Alameda,
que el río acompasará
su paso por la vereda.

Y recuerda que…

Jazmines en el pelo y rosas en la cara,
airosa caminaba la Flor de la Canela;
derramaba lisura y a su paso dejaba
aromas de mixtura que en el pecho llevaba.
Del puente a la Alameda, menudo pie la lleva
por la vereda que se estremece
al ritmo de su cadera.
Recogía la risa de la brisa del río
y al viento la lanzaba, del puente a la Alameda.





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